25 noviembre 2014

Pederastia

Escuchando ayer al ministro del Interior, Fernández Díaz, hablar sobre el dolor que la pederastia causa a la Iglesia uno no sabe muy bien si este hombre actuaba como miembro del Gobierno de España o como portavoz de la Conferencia Episcopal. Nada puede sorprender ya a estas alturas de este pío varón, ultramontano defensor de las esencias carpetovetónicas, pero sería deseable cierto pudor a la hora de abordar públicamente determinadas cuestiones. La trama criminal que ha anidado durante años en la diócesis granadina, con o sin cobertura del jefe eclesiástico de esa tierra, debe ser tratada como tal y sus eventuales encubridores, si los hubiere, también. El papa Francisco ha mostrado el camino a su grey y ha obligado al arzobispo a escenificar superlativamente la vergüenza que debe abochornar a toda persona decente ante los abusos sexuales practicados por su gente. Pero corresponde en exclusiva al Estado, a la Policía y a los jueces, depurar las responsabilidades criminales. Cuesta creer que aquí la coacción sexual ejercida por miembros de esa iglesia, tan denunciada en tantos otros países, resulte tan irrelevante como hasta ahora venimos conociendo.

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