OpenAI, Anthropic y Google, tres de los gigantes de la inteligencia artificial llevan tiempo insistiendo en la necesidad de regular esas tecnologías para evitar derivas indeseadas. El debate se ha intensificado tras la identificación de peligrosas iniciativas tomadas autónomamente por agentes IA.
En realidad plantean la autoregulación; que sean las propias empresas las que establezcan el marco en el que deben moverse ellas y sus productos. No quieren que sean los Estados y las sociedades, a través de sus gobiernos, sus parlamentos, sus sistemas judiciales y sus administraciones, los que marquen límites y procedimientos. La política sobra, nos dicen; los tecnólogos sabemos qué hacer. Tecnocracia frente a democracia. Ellos, dicen, son los dueños de los programas y las infraestructuras que posibilitan la inteligencia artificial. Así que ellos deciden hasta dónde llegar.
Este es el camino, tremendamente peligroso, que se está ya transitando. Y que liquidará, si no se detiene, la democracia de forma definitiva. Pero es que, además, es tremendamente injusto. La IA no existiría si no fuera por la contribución de todas y todos nosotros. Mirad.
Cada segundo se lanzan 158.000 búsquedas en Google. Esto es, más de cinco billones al año. Desde su creación en 1998 decenas de billones de búsquedas hechas por cualquiera de nosotras y de nosotros. Quedemosnos con el dato.
Otro. Google ha digitalizado más de 40 millones de libros desde que en 2004 pusiera en marcha su plataforma Google Books. Hablamos de obras distintas. Eso representa en torno a una cuarta parte de todos los libros publicados desde el siglo XV.
Otro. Cada día circulan más de 100.000 millones de mensajes por WhatsApp. En Instagran, cada minuto se envían 700.000 vídeos cortos (reels). En Tik-tok, se suben 40 millones de vídeos diariamente. Y en YouTube se estima que hay más de 5.000 millones de vídeos de acceso público.
Colosal, ¿no? Efectivamente. Son miles de billones las contribuciones que hemos hecho entre todos a las grandes empresas tecnológicas para ir entrenando a sus equipos y programas con mensajes de texto y voz, fotografías, vídeos, documentos digitalizados, búsquedas... Miles de billones de aportaciones hechas por miles de millones de personas de todo el mundo en los últimos 30 años. Y una cantidad infinita de datos personales de todo tipo sobre nosotros y nuestros comportamientos.
Con todo ello, la investigación de millones de científicos de todos tipo y enormes inversiones públicas y empresariales disponemos hoy de la inteligencia artificial. Ninguno de esos factores es prescindible a la hora de explicar hasta dónde hemos llegado. Desde luego no lo es todo el conocimiento colectivo aportado por el conjunto de la Humanidad. Cada segundo incorporamos un volumen inmenso de información que contribuye al desarrollo de los algoritmos de la IA.
Por eso no tienen legitimidad los hiperricos para excluirnos al resto en la toma de decisiones sobre algo que ha sido creado por todos y que está cambiando de forma tan acelerada y profunda nuestra forma de vivir. No. No podemos aceptarlo, ni mucho menos consentirlo.
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| Alternative Facts: The Multi Faces of Truth. Ahmed Elgammal (2018). Obra creada con el programa AICAN. Tomada de El Correo de la UNESCO. Octubre de 2025. |





