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06 abril 2014

Francia: tres certezas desde la izquierda

Esta semana Francia constataba dos certezas irrefutables. Una, la brillantez atemporal de la torre Eiffel, que a sus 125 años (cumplidos el pasado lunes) sigue simbolizando la grandeza de París, ciudad icono de tantas generaciones. Dos, la dificultad de la socialdemocracia europea y de la izquierda en general para construir un relato electoralmente creíble y gubernamentalmente viable en el marco de la crisis civilizatoria que vivimos. El castigo en las urnas a las políticas y actitudes del presidente François Hollande pone el foco en tres reflexiones que hemos repetido desde esta ventana. La necesaria europeización de las izquierdas nacionales, la articulación de un discurso europeo y europeista de progreso que fuerce un giro en profundidad de las políticas dominantes en la Unión. Un cambio que no debe ser sólo reactivo sino, y fundamentalmente, proactivo para definir los ejes de progreso social en el nuevo tiempo. En segundo lugar, la conviccón de que los discursos electorales no pueden generar expectativas incumplibles. La pedagogía es la principal arma de la izquierda. Explicar la realidad a la ciudadanía hasta las últimas consecuencias y proponer en concordancia. La izquierda debe soñar, está en su esencia, pero debe partir de la realidad en sus propuestas de gobierno para no generar falsas expectativas. Y tercero, el populismo de derecha, que en Francia encarna el lepenismo, no se combate con más populismo sino con menos derechismo. Imaginando nuevas políticas inclusivas en el marco europeo, creando nuevos espacios de ciudadanía para la cooperación interétnica. Manuel Valls, Anne Hidalgo, veremos.

Exposition de 1889. Eiffel, ingénieur-constructeur - Tour Eiffel - Champ de Mars - Palais des Industries diverses. Imagerie d' Epinal N° 1250 : [estampe]. Bibliothèque Nationale de France. Documento en el dominio público.

21 octubre 2013

Hollande y Valls se equivocan

El ministro socialista francés Manuel Valls se equivoca gravemente. Se equivoca también el presidente Hollande al dar cobertura a los dichos y los hechos de su ministro en materia de inmigración. El anatema público contra los ciudadanos gitanos inmigrados desde la Europa oriental a la Francia republicana y la insensible ejecución de la legislación a la muchacha Leonarda, detenida ante sus compañeros de clase para ser expulsada del país junto a su familia, han provocado el natural rechazo entre los progresistas galos y europeos. A nadie se le escapa la dificultad de la gestión de la inmigración en la vieja Europa y la necesaria aplicación de políticas que regulen los flujos migratorios. Nadie duda de la relación de ese fenómeno con la vigencia de discursos xenófobos y fascistas entre los sectores más vulnerables de nuestras sociedades. Pero el socialismo democrático debería saber ya a estas alturas que es en la pedagogía política donde encuentra una sus debilidades más determinantes. Abrazar la demagogia para contrarrestar el reforzamiento de la ultraderecha no hace sino retroalimentar a la bestia y desdibujar dramáticamente el sentido de una acción política de izquierdas, su compromiso con la decencia, la solidaridad y la justicia. No creo en la visión naif que algunos pretenden de la cuestión migratoria pero menos creo en quienes investidos de autoridad política y moral para liderar con sensibilidad la vida colectiva renuncian a ella para seducir a los enemigos de la convivencia.

05 julio 2012

Libertad para sentir

François Hollande y su Gobierno se han comprometido a que las parejas homosexuales puedan casarse y adoptar niños en la primera mitad de 2013. La República Francesa sigue así el camino iniciado hace siete años por el Gobierno de Rodríguez Zapatero. El camino de la igualdad, del respeto a la diferencia, de la libertad de pensamiento y de sentimiento, del derecho a la felicidad. ¡Siete años hace ya desde que un 3 de julio el Gobierno socialista aprobara el proyecto de ley que después ratificarían las Cortes! Siete años, también, de hipócrita oposición de la derecha al derecho a la igualdad. No olvidaré aquellas movilizaciones de sotanas y visones, increpadoras, insultantes, contra la dignidad. Los que dicen hablar en nombre de la libertad y que en verdad proclaman su libertad para castrar los derechos de los otros. Los que se llaman a sí guardianes de la moral y que blanden su moral como espadón liberticida. Me siento orgulloso de que los socialistas, con Zapatero al frente, estuviéramos a la altura de lo que exigía la larga y dura lucha por la dignidad de miles de hombres y mujeres que en este país (y en todo el mundo) han sufrido y sufren persecución, discriminación, oprobio por sentir de manera diferente a lo que el recto dogma de los rectos señores proclama.