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29 septiembre 2012

La responsabilidad de la ciudadanía en democracia

El desmantelamiento del sistema sanitario público por parte de la derecha gobernante continúa su camino. La implantación del repago en el transporte de los enfermos a los centros hospitalarios para seguir sus tratamientos oncológicos o de diálisis introduce nuevos factores de discriminación en nuestra sociedad. Y va a castigar de forma muy significativa a los ciudadanos y ciudadanas de las áreas rurales de nuestro país. Lo que viene ocurriendo con la sanidad pública durante los últimos meses, como en otros ámbitos, evidencia el valor de lo conseguido antaño y la vulnerabilidad de las conquistas sociales si no son defendidas convenientemente por la ciudadanía. Cuando el pueblo entrega el poder a quienes tienen sobradamente acreditada su aversión hacia el interés general les capacita para liquidarlo. La responsabilidad de los ciudadanos está en la defensa de lo de todos frente a quienes quieren el beneficio de la minoría. El pánico y la mentira son atenuantes de esa dejación de responsabilidad pero nunca eximentes. Porque la gente debe saber que cuando decide entregar la llave del gobierno a unos o a otros legítima unas u otras políticas, se corresponsabilidad de lo que sus elegidos hacen. Es imperativo que, de una vez por todas, aprendamos esta primera lección de la democracia.

24 septiembre 2012

No quieren ciudadanos

¿Por qué esa fijación de la derecha española contra la educación para la ciudadanía? ¿Por qué esa voluntad obsesiva de privar a nuestros hijos y a nuestras hijas de esa formación clave para su vida en sociedad? España volverá a ser una excepción en Europa tras la contrarreforma educativa de Wert. Hicieron cuanto pudieron para abortar su implantación desde el primer día y acaban de erradicarla del currículo de la Primaria. Dicen que es una asignatura politizada en su origen y que cómo vamos a inyectar el veneno de la política a tan tiernos infantes. Ya lo decía el dictador: "Mejor no se meta en política". Mejor súbditos que ciudadanos. La estrategia del PP contra la política no quiere resquicios. Es una cruzada liquidacionista. No quieren ciudadanos, quieren contribuyentes y consumidores adocenados en su individualismo insolidario.




10 diciembre 2011

Responsables

Publicado en Mediterráneo el 10 de diciembre de 2011.


A lo largo de los últimos años he reiterado desde esta tribuna la necesidad de situar la responsabilidad pública y personal en el eje de nuestra vida social. Y me va a perdonar usted, querido lector, la insistencia, pero voy a volver a escribir sobre ello. Porque tengo la convicción cierta de que no podremos superar la gravedad del presente sin la asunción de la responsabilidad que atañe a cada uno de nosotros. Es ahí donde radica el tránsito de la individualidad a la ciudadanía, donde anida la virtud ciudadana que nos hace algo más que la suma de individuos o individuas aislados. Por ello las dictaduras de todo tipo pretenden aniquilar la responsabilidad de cada uno bajo el mantra del designio nacional o colectivo; así los ciudadanos se convierten en súbditos sometidos a la arbitrariedad del poder y pierden su condición de agentes activos en la construcción de su proyecto de vida y de futuro en común.

Tal vez el largo y frío invierno del franquismo tenga algo (o mucho) que ver con nuestra esquiva relación con el concepto de responsabilidad. ¿Cuándo fue la última vez que usted escuchó a alguien decir, salvo que sea para apuntarse un éxito, que "soy responsable de que esto o aquello se haya hecho de esta o de aquella manera"? Estoy convencido de que tendrá que hacer muchos menos esfuerzos para recordar quién le dijo que la "culpa" es de su jefa, o de sus trabajadores, o del Gobierno, o del profesor, o de la jueza, o del médico, o del alcalde, o de su hija... o de los mercados, o de Europa, o de los chinos. Siempre hay un aliviadero por el que diluir nuestra responsabilidad, un chivo expiatorio tras el que agazaparse.

El presidente Rodríguez Zapatero asumió hace unos días su responsabilidad en la alta tasa de desempleo que sufrimos. ¿Alguien más, ha escuchado a alguien más responsabilizarse de algo? Curiosamente, en las últimas semanas estamos empezando a vislumbrar que el problema no sólo estaba aquí, en La Moncloa; nos estamos enterando ahora (o eso dicen algunos) que el problema está en Europa. ¡Caramba! Hasta hace unos días la responsabilidad era de uno (Zapatero, claro), y de súbito nos encontramos con que ya no es nuestra sino de la Unión.

Mal, mal andamos. Difícil lo tenemos si no somos capaces todos y todas de asumir lo que a cada uno y a cada una nos corresponde. Y no se trata con ello de exonerar de responsabilidad a gobiernos y banqueros o a cualesquiera otros vectores del poder. En absoluto. Es evidente, por ejemplo, que en el hundimiento del sistema financiero valenciano, con la nacionalización de la CAM y del Banco de Valencia y la absorción de Bancaja en Bankia, el Consell de la Generalitat y los directivos de esas entidades tienen plena responsabilidad, aunque digan no tenerla. Pero es imprescindible que los ciudadanos y las ciudadanas asumamos también las nuestras, como electores, como usuarios, como trabajadores, como clientes…

Si de verdad queremos recuperar el futuro debemos afrontar los retos del presente con la determinación de sentirnos protagonistas de nuestro devenir. Cada uno en su ámbito de acción, ya sea política, institucional, empresarial, profesional, familiar o social. Sólo ciudadanos responsables son capaces de exigir con criterio y legitimidad responsabilidad a los otros. ¿Tiene, acaso, legitimidad para exigir esfuerzos y sacrificios a sus conciudadanos un político que alega ser irresponsable de todo, que dice no tener responsabilidad de nada? ¿Puede demandar virtud a los demás quién no la practica?

Vivimos un momento se severa incertidumbre. Nos esperan años difíciles que no se superarán con paños calientes para alegrar el oído de la concurrencia. Europa está enferma porque han cambiado los equilibrios en el ecosistema socioeconómico y político mundial. Está enfermo nuestro modelo de cohesión social, nacido en un entorno histórico bien distinto. No es sólo cuestión de especuladores financieros, banqueros sin escrúpulos o liderazgos políticos fútiles, que también. Los europeos, así en Bruselas como en Florencia o Castellón, estamos llamados a asumir responsabilidades para renovar nuestro Estado del bienestar y nuestra democracia abriendo nuevos territorios, nuevos marcos, nuevas actitudes, nuevas ilusiones. La crisis de nuestra civilización lo exige. Si no lo hacemos nos espera la oscuridad.

18 junio 2011

Ayuntamientos y democracia

Publicado en Mediterráneo el 18 de junio de 2011.


Hace una semana se constituyeron las nuevas corporaciones municipales surgidas de las elecciones del 22 de mayo. Los ciudadanos y las ciudadanas de Castellón elegimos ese día a quienes debían representarnos en nuestros ayuntamientos. Un ejercicio de democracia real: 290.000 castellonenses (el 70 por 100 del electorado) determinamos con nuestro voto quiénes debían asumir el liderazgo institucional de nuestro pueblo o de nuestra ciudad.

Los gobiernos locales, legitimados por la decisión de la ciudadanía, deberán asumir difíciles e importantes retos en el tiempo complejo que estamos viviendo. Sin duda el mayor de ellos será contribuir a crear las condiciones necesarias para la reactivación económica y la generación del empleo en sus municipios. Y en ello los ayuntamientos deben contar, imperiosamente, con la colaboración leal del resto de administraciones públicas. El Gobierno de España, el Govern de la Generalitat y la Diputación han de hacer causa común con la administración local para avanzar en el cambio que precisamos. Hemos de apostar por aquello que nos diferencia en la excelencia, por lo que sabemos hacer bien y nos singulariza en un mundo tremendamente competitivo. Y todo ello sin abandonar la realidad cotidiana, sin dejar a nadie en la estacada, sin renunciar a la exigencia democrática de una recuperación solidaria.

Regeneración económica, sí. Y regeneración política e institucional. Ese es el segundo mandato que deben interpretar los alcaldes y alcaldesas y el conjunto de los munícipes de la acción política del electorado castellonense. Nadie puede entender el resultado de las elecciones como la firma de un cheque en blanco para decidir sin convencer o para actuar sin consensuar.

Vivimos un tiempo crucial en el que tenemos sobre el tablero de juego lo esencial de nuestra forma de vivir y convivir. No es una cuestión menor. Creo, francamente, que es la cuestión mayor. Los ayuntamientos son la administración más próxima al ciudadano, la que la gente sentimos más propia, más nuestra. Son, también, la administración con mayor recorrido histórico, la más venerable. La ciudad, la polis, es el principio de la política; en ella nació la democracia, el gobierno del pueblo.

Pero la democracia no se reduce al ejercicio del voto cada cuatro años. Las elecciones son parte esencial de la democracia; no existe esta sin aquellas, pues es el voto libre y responsable de los ciudadanos y ciudadanas el que legitima la acción de los poderes públicos. Siendo esto así, es imperativo, no obstante, que el ejercicio del gobierno por parte de los gobernantes se lleve a cabo en conversación pública y transparente con una ciudadanía proactiva que vea garantizados los cauces de debate e influencia sobre la gestión de la res publica. Y es que el valor último de la democracia, aquello que la hace fuerte y sólida, es la participación del pueblo en la toma de decisiones de lo que le incumbe.

Para ello es imprescindible que los responsables públicos sepan escuchar lo que dice la gente y explicarle su acción de gobierno. Hablar con razón y con verdad, abiertamente a la ciudadanía. Buscar y encontrar su complicidad para profundizar en la democracia, sin caer en el populismo que termina por acabar con ella. Y hacerlo siempre con lealtad hacia el bien común y las normas que legítimamente nos hemos dado.

Los 135 alcaldes y alcaldesas de Castellón han asumido el compromiso y la responsabilidad de liderar sus pueblos y ciudades en tiempos difíciles. Merecen por ello el respeto de todos y de todas; respeto mutuo que exige reciprocidad hacia la ciudadanía soberana en forma de más y mejor participación en la vida pública.

26 septiembre 2007

Educación ciudadana

Publicado en Mediterráneo en septiembre de 2007

Hace tres años encontré en una librería francesa una novedad titulada Guide républicaine. Se trataba de una excelente colección de textos orientados a los estudiantes de enseñanza media sobre la idea y la práctica del republicanismo, del civismo, de la ciudadanía. Más allá de su interés intrínseco, llamó mi atención porque estaba expuesto en los anaqueles del escaparate como una publicación de éxito, algo difícilmente imaginable en nuestro país. También por estar avalado por el Ministerio de Educación francés y prologado por el entonces ministro François Fillon. Lo compré y lo tengo en mi mesa de trabajo, junto al Manual de civismo de Victoria Camps y Salvador Giner o la España civil de Gregorio Peces-Barba.

En aquel verano de 2004 no se había iniciado todavía la penúltima cruzada de la derecha española contra la anunciada voluntad del Gobierno socialista por introducir en el currículo escolar una asignatura para la formación de ciudadanos y ciudadanas libres y responsables. Pero no iban a tardar algunos en poner en marcha todo el poder mediático del guerracivilismo más rancio para combatir la enseñanza de los valores democráticos.

¿A quién puede molestar que una sociedad cultive su civismo? ¿Por qué ruge la caverna cuando se habla de enseñar los valores de la democracia? ¿A qué se refieren Rajoy y Acebes cuando dicen defender la Constitución mientras vociferan contra la educación para la ciudadanía? ¿Es que nuestra Constitución no habla de igualdad, de justicia, de responsabilidad, de derechos y deberes, de tolerancia, de convivencia, de participación? ¿Qué es, pues, lo que les asusta? Definitivamente, no pasan los años por esta derechona nuestra.

Es cierto que desde la LOGSE esos valores se incorporaron transversalmente a nuestros programas de enseñanza. Pero, como en muchos otros países europeos, el Gobierno ha creído necesario reforzar su presencia en el sistema educativo. Y esto no se hace en contra de nadie, sino a favor de todos. Porque a todas y a todos nos interesa que nuestros jóvenes interioricen la cultura del respeto, de la solidaridad, de la tolerancia y de la libertad. Para que España sea mejor y afronte los retos de la globalización en mejores condiciones.

Cuesta creer que destacados responsables institucionales de la derecha sigan llamando a la desobediencia contra la enseñanza de los valores constitucionales. Se ha dicho que enseñar los principios sobre los que se sustenta nuestro sistema democrático supone la vuelta a… ¡la escuela franquista! O que el Gobierno que lo promueve es… ¡la encarnación del mal! ¿Dónde estaban estos cuando la dictadura franquista castró intelectual y culturalmente a generaciones de escolares de este país? ¿Dónde estaban cuando los malos gobiernos franquistas arrebataron la dignidad a su pueblo?

En fin, a menudo tengo la impresión de que hay que seguir insistiendo en una verdad de Perogrullo: la España democrática, la España de la ciudadanía y de los ciudadanos es todo lo que negaba la España de la dictadura, mal que les pese a algunos. Por ello quiero que mis hijas aprendan más y mejor los valores sobre los que habrán de construir la democracia del mañana.