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15 octubre 2014

Mestres de ciutadania: el valor del diálogo y de la política

La Universitat de València inauguró ayer la exposición Mestres de ciutadania dedicada a Ernest Lluch, Francisco Tomás y Valiente y Manuel Broseta. Una ocasión magnífica para entender el valor del diálogo y del compromiso políticos. Para comprender el devenir de nuestra historia reciente, la lucha por la democracia durante la dictadura, la suma de voluntades y sensibilidades diversas para abordar retos colectivos, la pasión por la libertad y la dignidad. Hoy, cuando vivimos tiempos de zozobra para conceptos como diálogo, entendimiento, consenso, es necesario recordar que nunca ha sido posible construir espacios de libertad y de progreso social duraderos sin buscar y transitar territorios compartidos. Y que eso no significa renunciar a la discrepancia ni a la disidencia sino reafirmar el compromiso con la diversidad y la democracia. Mestres de ciutadania nos recuerda también que hasta hace nada en este país se asesinaba a ciudadanos y ciudadanas por razones políticas. Que se les segaba la vida, antes por el terrorismo franquista y después por el terrorismo etarra, por el mero hecho de defender el derecho al entendimiento y al ejercicio de la política. Que la democracia, esa que algunos dicen que no es, se construyó también sobre el sacrificio y el dolor de muchos compatriotas. Bueno es recordar todo ello para no olvidar que ese legado merece ser preservado como garantía de convivencia. Y que las urgencias del presente no pueden afrontarse liquidando las esencias de la democracia.



13 marzo 2013

¿Quiénes no quieren normalizar nuestra convivencia?

#11M Un argumento que escuchamos habitualmente en relación con el descrédito de la política en España es la incapacidad de los partidos para ponerse de acuerdo en temas de interés general. Se anteponen fundamentalismos partidistas al consenso en asuntos determinantes para la construcción de un futuro común, según está instalado en la percepción de la ciudadanía. Es probable que no falten motivos para que así lo vea la gente pero es necesario ampliar el foco sobre la cuestión para entender realmente qué ocurre. Pondré dos ejemplos entre muchos. La falta de unidad en el tratamiento del 11M y los reiterados cambios en las leyes de Educación. En relación con el mayor atentado terrorista contra la democracia española cabría esperar que, juzgados los hechos y condenados sus ejecutores en consonancia con las clamorosas evidencias aceptadas por todo el mundo aquí y en el extranjero, asumiéramos todos la realidad y conmemoráramos unidos el recuerdo de tan infausto acontecimiento. Y no ocurre así porque el Partido Popular y sus voceros no quieren que ocurra, simple y llanamente. No porque busquen la verdad, no, que saben como todos cuál es, sino por su afán de seguir agitando fantasmas con el exclusivo interés de mantener prietas las filas y generar el estado de crispación que tanto les agrada. Otro tanto podemos decir sobre las idas y venidas en la legislación educativa en nuestro país. La LOGSE contó con el respaldo de todos cuantos creemos en el progreso de este país y nos puso en la línea del resto de Europa. Llegó el PP de Aznar y echó el freno y la marcha atrás. Nuevo intento con la ley impulsada por el Gobierno de Rodríguez Zapatero, apoyada por el resto de grupos parlamentarios salvo el PP y que de nuevo nos situaba en la senda de las legislaciones más avanzadas de Europa. Otra vez la reacción derechista con Rajoy y vuelta a la caverna. Hacen bien los ciudadanos exigiendo liderazgos y consensos pero no pueden olvidar quienes se empeñan sistemáticamente en frustrar la normalidad democrática de nuestra vida en común.

26 junio 2012

Pedagogía política y socialismo

La democracia exige de los actores políticos una gran capacidad pedagógica. Las decisiones, los posicionamientos, las actitudes deben ser comprendidas por la ciudadanía para que tengan los efectos que con ellas se pretenden. No es suficiente con la convicción de unos pocos; es imprescindible que esa determinación sea compartida con la gente, sea explicada y argumentada para su validación por la sociedad. Esa exigencia es mucho mayor para la izquierda, que no cuenta con la complicidad y la connivencia de los grades grupos mediáticos para trasladar sus propuestas; o que, directamente, padece la aminadversión explícita de algunos de ellos empeñados en tergiversarlas o, simplemente, acallarlas. Por ello es vital para los y las progresistas implicarse radicalmente en la explicación de sus políticas, sabiendo que queremos otro mundo pero un mundo que debe ser querido también por la mayoría de nuestros conciudadanos. Nuestra forma de vida, nuestro quehacer diario, nuestras maneras así en la vida pública como privada forman parte esencial de nuestra capacidad discursiva. Nada nos daña tanto como proclamar la verdad y esconder la realidad; exigir ética a los demás y convertir en pura estética nuestros comportamientos; defender lo público para recurrir a lo privado; hablar de democracia y justificarnos a nosotros mismos su devaluación. Ser socialista es una forma de ver el mundo, la sociedad, el futuro, pero sobretodo es una manera de ser y estar ante la vida. Es una exigencia de compromiso ético hacia los demás. Ese es el punto de partida para vencer convenciendo en la brega electoral. Y para gobernar en beneficio de la mayoría.



06 junio 2012

Liderar el progreso

Liderazgo, decía el otro día Felipe González, es hacerse cargo del estado de ánimo de los demás. La empatía, la capacidad de ponerse en el lugar del otro y de tomar decisiones compartiendo miradas. Porque liderar no es mandar, como gobernar en democracia no es imponer. Necesitamos ya, así en España como en el País Valenciano y en Europa, de nuevas formas de ejercer el gobierno de los intereses públicos. Una nueva manera de concertar voluntades, de aunar esfuerzos y de hacer creíble la política para la gente. Un liderazgo para el progreso, que reste poder a los poderosos y empodere a la ciudadanía. Un liderazgo que sepa imaginar, que nos permita soñar sin perder el pulso de la realidad, que sea sincero y abomine del populismo. Un verdadero rescate democrático, como decía ayer Ximo Puig, que ponga las instituciones y la política al servicio de la mayoría social. Eso es lo que necesitamos también, y especialmente, para recobrar el pulso de la economía y de la creación de empleo. Ese es el principal reto que tenemos por delante.

02 junio 2012

Tiempo de liderazgo

Londres, 2005
Placa en la casa que habitó la primera
parlamentaria del Reino Unido, Nancy Astor
Esta semana hemos sabido que las ventas al por menor han tenido la mayor caída desde 2003. O que en marzo salieron de España más de 66.000 millones de euros, un máximo histórico que duplica el anterior récord. O que la prima de riesgo se ha instalado por encima de 500 puntos. O que el BCE considera que el Gobierno ha gestionado de la peor manera posible la crisis de Bankia. O que la bolsa se acerca a los niveles anteriores a la entrada del euro. No es hora de acordarse de Aznar recorriendo el mundo para acusar a Zapatero de ser la causa de todos los males. Ni de recordar el mantra de Rajoy: "yo traeré la confianza y salvaré a España". Ni siquiera de traer aquí el aserto impresentable de Montoro: "que caiga España, ya la levantaremos nosotros". No. Es tiempo de liderazgo, de convicción, de determinación. Es tiempo de verdad y de sinceridad. Se asunción de responsabilidades y de explicaciones. De complicidad con la sociedad, de escuchar, de dialogar. De esta no vamos a salir sin preservar nuestro estado del bienestar, que es nuestra principal ventaja competitiva (de España y de Europa) frente al resto del mundo. No vamos a salir sin garantizar formación pública y de calidad para afrontar los retos del nuevo tiempo. No vampos a salir con comportamientos caciquiles en la vida pública. No vamos a salir con menos democracia y con más desigualdad. La economía también depende de todo eso. Las cosas se pueden y se deben hacer de otra manera. Aquí y en el resto de Europa.


10 diciembre 2011

Responsables

Publicado en Mediterráneo el 10 de diciembre de 2011.


A lo largo de los últimos años he reiterado desde esta tribuna la necesidad de situar la responsabilidad pública y personal en el eje de nuestra vida social. Y me va a perdonar usted, querido lector, la insistencia, pero voy a volver a escribir sobre ello. Porque tengo la convicción cierta de que no podremos superar la gravedad del presente sin la asunción de la responsabilidad que atañe a cada uno de nosotros. Es ahí donde radica el tránsito de la individualidad a la ciudadanía, donde anida la virtud ciudadana que nos hace algo más que la suma de individuos o individuas aislados. Por ello las dictaduras de todo tipo pretenden aniquilar la responsabilidad de cada uno bajo el mantra del designio nacional o colectivo; así los ciudadanos se convierten en súbditos sometidos a la arbitrariedad del poder y pierden su condición de agentes activos en la construcción de su proyecto de vida y de futuro en común.

Tal vez el largo y frío invierno del franquismo tenga algo (o mucho) que ver con nuestra esquiva relación con el concepto de responsabilidad. ¿Cuándo fue la última vez que usted escuchó a alguien decir, salvo que sea para apuntarse un éxito, que "soy responsable de que esto o aquello se haya hecho de esta o de aquella manera"? Estoy convencido de que tendrá que hacer muchos menos esfuerzos para recordar quién le dijo que la "culpa" es de su jefa, o de sus trabajadores, o del Gobierno, o del profesor, o de la jueza, o del médico, o del alcalde, o de su hija... o de los mercados, o de Europa, o de los chinos. Siempre hay un aliviadero por el que diluir nuestra responsabilidad, un chivo expiatorio tras el que agazaparse.

El presidente Rodríguez Zapatero asumió hace unos días su responsabilidad en la alta tasa de desempleo que sufrimos. ¿Alguien más, ha escuchado a alguien más responsabilizarse de algo? Curiosamente, en las últimas semanas estamos empezando a vislumbrar que el problema no sólo estaba aquí, en La Moncloa; nos estamos enterando ahora (o eso dicen algunos) que el problema está en Europa. ¡Caramba! Hasta hace unos días la responsabilidad era de uno (Zapatero, claro), y de súbito nos encontramos con que ya no es nuestra sino de la Unión.

Mal, mal andamos. Difícil lo tenemos si no somos capaces todos y todas de asumir lo que a cada uno y a cada una nos corresponde. Y no se trata con ello de exonerar de responsabilidad a gobiernos y banqueros o a cualesquiera otros vectores del poder. En absoluto. Es evidente, por ejemplo, que en el hundimiento del sistema financiero valenciano, con la nacionalización de la CAM y del Banco de Valencia y la absorción de Bancaja en Bankia, el Consell de la Generalitat y los directivos de esas entidades tienen plena responsabilidad, aunque digan no tenerla. Pero es imprescindible que los ciudadanos y las ciudadanas asumamos también las nuestras, como electores, como usuarios, como trabajadores, como clientes…

Si de verdad queremos recuperar el futuro debemos afrontar los retos del presente con la determinación de sentirnos protagonistas de nuestro devenir. Cada uno en su ámbito de acción, ya sea política, institucional, empresarial, profesional, familiar o social. Sólo ciudadanos responsables son capaces de exigir con criterio y legitimidad responsabilidad a los otros. ¿Tiene, acaso, legitimidad para exigir esfuerzos y sacrificios a sus conciudadanos un político que alega ser irresponsable de todo, que dice no tener responsabilidad de nada? ¿Puede demandar virtud a los demás quién no la practica?

Vivimos un momento se severa incertidumbre. Nos esperan años difíciles que no se superarán con paños calientes para alegrar el oído de la concurrencia. Europa está enferma porque han cambiado los equilibrios en el ecosistema socioeconómico y político mundial. Está enfermo nuestro modelo de cohesión social, nacido en un entorno histórico bien distinto. No es sólo cuestión de especuladores financieros, banqueros sin escrúpulos o liderazgos políticos fútiles, que también. Los europeos, así en Bruselas como en Florencia o Castellón, estamos llamados a asumir responsabilidades para renovar nuestro Estado del bienestar y nuestra democracia abriendo nuevos territorios, nuevos marcos, nuevas actitudes, nuevas ilusiones. La crisis de nuestra civilización lo exige. Si no lo hacemos nos espera la oscuridad.